Vie, 06/05/2020 - 13:15

Desescalada en las residencias: `Aún no es posible achucharlos, pero al menos ya podemos estar cerca`

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Pilar Rubio visita a sus hijos en la residencia Vértice

La sección 'Sin Barreras' de Heraldo de Aragón publica hoy este reportaje que firma Plena inclusión Aragón, y que reproducimos íntegramente a continuación:

 

  • Las residencias para personas con discapacidad intelectual retoman las visitas de familiares y, aunque pueden hacerse bajo muchas restricciones, esta fase de la desescalada es un auténtico alivio para familias como los Bravo Rubio, cuyos hijos viven en el centro Vértice de Zaragoza, y no pudieron visitar a su hija mientras estuvo ingresada con coronavirus

Por primera vez en su vida han pasado más de dos meses separados, pero por fin la familia Bravo Rubio ha podido reencontrarse cara a cara. Y había muchas ganas porque, además, Virginia, la hija, ha pasado parte de este tiempo hospitalizada con la covid-19, y ni sus padres ni su hermano pudieron ir a visitarla. Pero esa fase ya quedó atrás. «Mis hijos se llevaron una alegría muy grande al vernos a su padre y a mí. Nos habían visto ya por videollamada, pero al estar tan cerca…», recuerda emocionada la zaragozana Pilar Rubio.

La desescalada ha llegado también a las residencias para personas con discapacidad intelectual. Con muchas restricciones, las visitas vuelven a estar permitidas: con cita previa, un solo visitante por residente, una hora como máximo, a poder ser en exteriores, manteniendo los dos metros de distancia, siempre con mascarilla… Pese a todo, familias como los Bravo Rubio empiezan a dejar atrás unos meses de verdadera angustia, alejados de sus hijos.

Pilar es la madre de Virginia y David, dos hermanos que rondan la cincuentena y tienen una parálisis cerebral que afecta a su movilidad y les provoca discapacidad intelectual. Ambos viven desde hace una década en la residencia Vértice de la Fundación José Luis Zazurca, entidad perteneciente a Plena inclusión Aragón. Pero están acostumbrados a pasar todos los fines de semana en casa con sus padres, y en este periodo los han echado de menos.

El padre también se llama David y está desarrollando alzhéimer. «Era autónomo para ir a tomar un café y salir todos los días, pero el cambio de rutina a raíz del estado de alarma le afectó mucho», relata su esposa. «Y justo cuando mi marido ha empezado a depender de mí para ir a todos los sitios, en esas circunstancias, Virginia cogió el coronavirus».

«Una noche, a las doce, me llamaron. Pensaba que sería por mi hijo porque había tenido unas décimas de fiebre, pero me dijeron que se trataba de Virginia. Había empezado con fiebre y diarreas y después con neumonía, y la habían trasladado al hospital», recuerda Pilar. Dio positivo en covid-19.

En total, Virginia estuvo ingresada catorce días. «La primera semana ya le hubieran podido dar el alta, pero no la dejaban volver a la residencia, ya que tenía que pasar catorce días de cuarentena, así que el médico la mantuvo hospitalizada hasta que pudo regresar a Vértice. Me dijo que a casa no se atrevía a mandarla, por el riesgo que corríamos también nosotros, pero tampoco quería mandarla a ningún otro sitio», un gesto que Pilar agradece infinitamente.

«Fue un médico amabilísimo, me llamaba todos los días, y no solo para contarme cómo estaba mi hija. Me preguntaba por mi estado y el de mi marido». Es el doctor Manuel Hernández, médico internista del Hospital Militar de Zaragoza. Tanto él como su equipo fueron «una grandísima ayuda emocional para mí en los días en que peor lo he pasado en mi vida», asegura Pilar. «Soy una madre muy agradecida».

Un vínculo y una familia

Los sanitarios fueron el vínculo de esta madre con su hija. «La primera videollamada la hizo una doctora, que se emocionó cuando me oyó cantarle a mi hija y que ella respondía. Fue muy bonito». Estas videollamadas fueron un verdadero bálsamo para Pilar que, aunque según el protocolo podría haber visitado a su hija, al ser esta una persona dependiente, optó por seguir el consejo del doctor Hernández y evitó ponerse en riesgo a sí misma y a su marido. «Si hubiera estado peor, intubada, habría buscado la forma de ir, dejando a David aislado en algún lugar, porque no lo podía dejar solo».

Pero el aislamiento de Virginia se vio compensado por un equipo sanitario que, según valora su madre, fue mucho más allá de la mera obligación, convirtiéndose en una auténtica familia para su hija durante esas dos angustiosas semanas. «Quiero darles las gracias por todas sus atenciones y el cariño que le dieron. Siempre estaré en deuda con ellos. Si algún día puedo, iré a conocerlos», asegura.

De momento, a donde sí acude Pilar es a la residencia Vértice, en la que por fin puede ver a sus hijos sin que medie una pantalla. «Aún no podemos achucharlos, pero al menos ya podemos estar cerca».